Bio

La pintura como un duplicado del sí mismo

Por Beatriz Paz, 2015.

Se nace con ella, como si el color que los ojos observan diera relieve al eso que nunca duerme y que necesita trastocarse, verterse. Como si las formas de ese relieve estuvieran ansiosas de romper la bidimensionalidad, trastocar su expresividad, colocar al hombre en el lugar de los volúmenes imaginarios.

Se crece con ella, y en su camino, el hombre, en este caso, David, recorre la historia de los hombres en el tiempo de sí mismo. Porque la niñez sigue soñando mientras la juventud exige un motivo. A los diez años David descubrió que estaba en la ruta de todos ellos: los hacedores de imágenes. Tomado a Bacon con una mano y Velázquez con la otra. Uno de sus tíos, Edmundo Montoya, le inspiró. Si bien no le enseñó de técnica ni perspectiva le dijo: “Dibuja autorretratos, todos los que puedas”. Y Dalí le susurró: “Pinta lavados (tinta china), todos los que puedas”. Y Burne Hogarth le sugirió: “Pinta cabezas humanas, todas las que puedas”. Y él dibujó y pintó, obsesivamente, pintó decenas de autorretratos que ahora son cientos. Y hay libretas y folios que así lo demuestran.

Lo imagino así, descubriendo al mundo como un doble de sí mismo. Fijo sobre su incomprensible mirada, con esos ojos tristes que salen en el otro-yo al que retrata. Flota sobre una disciplina y se vuelca en ella para jamás parar, sino seguir descubriendo al otro que le atraviesa. Sea el otro aquello que llamamos tiempo, o prójimo, o amado, o desconocido. Porque ¿es posible auto retratarse? ¿Qué es lo que se autorretrata? ¿El duende, el que sólo así puede vivir? ¿El que se anhela ser? ¿El que pinta?

En San Carlos experimentó el retrato con modelo presente,  la sanguina, el lápiz. Después se sumergió en el color y su comportamiento. “Me fijo metas complejas para alcanzar mayores resultados”. Eligió utilizar sólo colores primarios para comprender, a prueba y error, la fuerza de cada uno de ellos, su voz. Mezcló los tres colores hasta lograr tonalidades que pudieran retratar sus inquietudes. La primera obra que resultó de esta técnica fue El cargador, la segunda Abuelita Raquel. Más tarde pasó a una paleta más amplia con colores “ya hechos”, de la que Mamá Abue fue el primer resultado, y el segundo fue Navidad.

¿Pintó David un matiz por cada mudanza? ¿Otro por los matrimonios de su madre? ¿Otro por las dudas entre estudiar sistemas computacionales o bellas artes? ¿O por su formación en diseño industrial?

Sus modelos son tomados del sueño de la vigilia y del sueño del subconsciente. Por ejemplo, El Arcángel fue inspirado por un sueño que tuvo su primo Eduardo, representado por el ángel y el cuerpo que allí aparecen. La tercera figura tiene el cuerpo de la madre de David y el rostro de una persona a la que fotografió en el Metro.

Sus composiciones están basadas en proporciones áureas. En la psicología expresiva de los rostros que pinta resuena la literatura de Kafka, Pessoa y Beckett. ¿Cómo selecciona entre la infinitud de posibles rasgos, huellas y pistas? Es allí donde la historia de los hombres creadores de imágenes vuelve a ejercer su influjo: ¿Cómo se determinan las obsesiones visuales? Quizá cuando Pirandello escribió sus Seis personajes en busca de un autor encontró, a su manera, una parte de este rompecabezas estético: la voluntad emerge del subconsciente hasta manifestarse.

Sin falsos purismos, calcas o proyecciones, su trabajo hiperrealista usa a la fotografía sólo como un recurso para conocer su imaginario personal. “Prefiero que las formas salgan de mi puño, así, como surgen de mí y de mi atención fija sobre un motivo o una sensación”. El dibujo es también una lucha ante lo que se deforma, se desvía o se rehúsa a mostrarse, “entonces surge frente a mí una imagen distinta a la que vi, y esos errores son míos, esa riqueza es mía, son lo que le da más expresividad a lo que hago”. Hay que aprovecharse del error, como en el caso de Autorretrato, donde un goteo le escurre desde la frente (ya que él pinta en vertical y sobre caballete, aun si se trata de acuarela) y revela así al esteta que destruye-construye-reconstruye en un ciclo vertiginoso que no teme quedar al descubierto.

Entre los modelos de interpretación vigentes utiliza al psicoanálisis como una herramienta de empoderamiento en el hacer pero no sobre el otro sino sobre uno mismo: permitir al cinismo y la crudeza dar espacio a la poesía y al equívoco, tras alcanzar la visión de un mundo interno que ya no se busca explicar. Una imagen que impacta depende de sí misma en tanto fenómeno de traducción. Una traducción cuyo significado pleno deberá disolverse en el interior de quien observa: “No me interesa explicar mi trabajo, lo que le da verdadero valor es el significado que encuentra cada espectador”, afirma.

Las ideas son celosas del ingenio: cada una exige su atmósfera y su tiempo. La obra de David es el resultado de quince años de labor diferida entre el trabajo en agencias y freelance, la vida personal y el estudio. Parece que cada visión en su poder le exige toda su atención. La simultaneidad no es una práctica que se permita, así que una obra puede tardar hasta tres años en crear la ilusión completa. Esa ilusión de una realidad subjetiva que respira para hacer a otros sumergirse en ella.   

¿Cuál es la psicología de las obras que vemos día a día? Estamos rodeados de agentes visuales para quienes componer con elementos demasiado explícitos se convierte más en un muro que en un camino. La banalización de los motivos alegóricos sin mayor reflexión de sus autores es parte de un abismo contextual difícil de cruzar. La sobreexposición extrema de la que somos presa suele conducir a un enramado de obras obsoletas. Pareciera que la generación de autores contemporáneos tiene miedo a una falsa profecía, a una falsa muerte y a un decir mudo.

De ahí que encuentro fascinante la obra de David, pues en su trabajo mezcla lo cotidiano con lo onírico, haciendo de ambos una entidad legítima y simultánea donde el absurdo prima, porque el absurdo es belleza. “Me entrego a la expresión dinámica que surge entre música, pintura  y poesía, porque  permite acceder a partes de la mente que son inaccesibles desde otra posición. Son imágenes que se mueven en mí y que me permiten contar una historia propia”.

Una y otra vez, el rostro cambia frente al espejo y frente a la mano que lo pinta. Su mirada aletea y repite: “Fuera de mí no existo”. Al pintar sus autorretratos el reto no es técnico, sino expresivo, pues ¿cómo conservar un gesto constante si el que pinta es, simultáneamente, modelo y observador? ¿Habrá que comprender, sentir o expresar, y en qué orden? ¿Cómo saber dónde termina uno mismo? Y si bien, el que observa es el que crea, el problema del autorretrato es, apenas, el origen de un dilema extensivo al resto de los motivos pictóricos. “Me pierdo, más bien me disuelvo en el movimiento del mundo”. Perderse en el sí mismo para volver un otro distinto, infinitamente, entre prueba y error, y construir una identidad desprovista de límites. Autorretratarse, retratar en uno el retrato del mundo, rechazar la idea de originalidad para pensar en la experiencia del otro y, ser con el mundo, memoria y acto: ese es el logro de ser humano.